El otro día entrevistamos a un chico de 20 años, universitario y con ganas de sacarse un dinero para sus vacaciones. Buen perfil para retail: cercano, empático, con personalidad: encajaba. Pero venía con algo más: desencanto.
Nos contó su experiencia en una entrevista reciente con una gran cadena, le llaman, le preguntan por su disponibilidad, él explica su situación y le dicen: “sin problema, es flexible”.
Va a la entrevista y a los cinco minutos, está fuera. ¿El motivo? Comentarios como: “no me hagas perder el tiempo”. Cero escucha y una flexibilidad… que en realidad no existía
Y entonces pensé: ¿Cuántas veces olvidamos que cada candidato que se sienta delante de nosotros está dedicándonos su tiempo, su energía y una parte de su historia?
No hablamos solo de procesos de selección, hablamos de experiencias porque da igual si buscamos a alguien que se quede años o alguien que nos saque de un apuro puntual. Lo que no debería cambiar nunca es el respeto.
Y también hay otra reflexión importante: En un mercado donde cada vez cuesta más encontrar personas, no podemos permitirnos perder candidatos por cómo los tratamos.
Seleccionar no es solo evaluar, es también cuidar, encajar antes de citar y cuidar las expectativas, pero, sobre todo, cuidar a la persona, porque cuando dejamos un buen sabor de boca, incluso cuando no hay encaje, eso siempre vuelve.
En forma de reputación. De recomendaciones y sí, también… de mejores procesos.
